Consideraciones (sobre las) geopolíticas

Informaciones

La abrumadora cantidad de información con la cual muchos describen la actualidad es más bien la saturación de lo mismo. Mientras gran parte de la intelectualidad reciente gasta páginas en explicar y fundamentar los límites de lo humano frente a los fenómenos, acontecimientos e informaciones aparentemente diversas e ilimitadas, justificando, de paso, las tecnologías que sí pueden asumir estas grandes cantidades, lo que se aprecia es más bien una yuxtaposición continua que genera finalmente basura cognitiva, comunicativa, informativa, cerebral.

Proponer una lectura profunda o experta de las informaciones no es suficiente, se vuelve parte de la misma cadena repetitiva. Claramente circulan verdades y propuestas serias, solo que las dinámicas repetitivas las absorben, las incorporan y las vacían. Por un lado, las fake news destinan su tiempo a relativizar y destruir todo tipo de información real; por otro, las llamadas nuevas izquierdas salen inmediatamente a proteger y asegurar la existencia de sus discursos, de sus formas de hablar y nombrar el mundo. En ambos casos, lo que pasa da lo mismo. Lo que importa — a esta condición informativa del siglo XXI – es la generación de masa informativa carente de una construcción estratégica que permita transformar la información en materia de subjetivación, de inteligencia de pueblo.

Se dirá que la información que viene de Oriente nos permite contrarrestar la propaganda occidental. Responderemos que todavía estamos muy solos procesando esas informaciones a falta de una estructura o una dinámica conjunta y medianamente organizada de lectura y decisión. Pues finalmente es esto último lo que el orden corporativo mundial, con caras conservadoras o progresistas, busca fulminar para siempre.

Y es ese vacío que generan, el punto exacto donde las teorías posthumanas y las virtudes inmensas de las tecnológicas encuentran el fundamento teórico y práctico de su existencia y publicidad.

 

El caso geopolítico

La geopolítica es una de las lecturas que hoy organiza un sentido a la información disparada. No es extraño pues el siglo XXI ha sido esencialmente geopolítico y su predominancia se ha visto obnubilada sólo por los feminismos y los ecologismos de fines de la década pasada. Pero una cosa es la geopolítica como ciencia o teoría de los acontecimientos que constituyen las derivas del poder en el planeta (o en la sociedad-planeta) y otra es su función o su resignación efectiva, tal como la vemos en redes, una suerte de práctica dentro de la fascinación necesaria con la cual el negocio de la información opera. Y, quizás, accedemos a una mezcla de ambas, es decir, necesidad de entender y necesidad de consumir información.

De ahí que muchos geopolíticos de internet son precisamente la mezcla de teóricos e influencers. Y mientras explican a través de una aproximación histórica o política el conjunto de eventos del día, apuestan a la vez por lo que pasará mañana y pasado mañana, creando el suspenso sobre cuál será el desenlace absoluto, como si la reputación y el valor mismo de la lectura geopolítica radicara en la capacidad de achunte, en la puntería, es decir, en la predestinación, en la capacidad profética. Los acontecimientos del mundo se vuelven también espectáculo a través de la mirada geopolítica parlante – y esto en contra de lo que teorizó muy bien F. Jameson, a saber, la potencia de la imagen cinematográfica como elemento que combate la limitación representativa y nos coloca en una dimensión política precisamente sobre-representativa.

Cabría preguntarnos, antes que todo, por qué queremos saber qué es lo que realmente sucede. Y también cabría preguntarnos cuál es la lectura que se ha depositado en nuestros cráneos. Pues sí, tanta pantalla nos va desafiando, pues se instalan ideas, mapas, expectativas que debemos, si somos responsables, examinar bien y decidir.

Hay ciertas directrices que se dibujan en el inconsciente informativo actual. Enumeremos en un ejercicio que toca la superficie:

  1. Se juega un cambio en la hegemonía del mundo que coloca a China y Rusia por sobre los E.E.U.U.
  2. E.E.U.U no está dispuesto a aceptarlo
  3. Israel busca sus límites geográficos bíblicos, pero también se dice que las grandes tecnológicas buscan instalarse ahí y constituir un nuevo orden imperial (occidental, es decir, de tradición judeocristiana). La denunciada toma del poder estadounidense por Israel sería, de este modo, un traspaso o el preparativo de una conversión imperial renovada.
  4. Las declaraciones de Palantir y el llamado a la cooperación en defensa militar por parte de la industria tecnológica para con el gobierno de E.E.U.U. parece contradecir el punto anterior. Pero la ambigüedad sirve. Quizás es lo que más sirve.
  5. Estaríamos ya en la tercera guerra mundial.
  6. Europa ya fue. La modernidad colonial de tipo europeo queda atrás.
  7. El nuevo paradigma económico es impulsado por las grandes tecnológicas. Este nuevo paradigma implica un “nuevo pensamiento”, un “nuevo mundo”, una ambición colonizadora que no sólo involucra la superficie terrestre, sino el micro y macro-espacio. Es un fascismo radical que odia lo terrestre, odia lo humano. Predica lo inmaterial.

Estos seis puntos se quedan cortos, claramente, pero dibujan un mapa que puede ser medianamente reconocido por muchos y muchas. Se puede reconocer en ellos un poco de verdad, de verosimilitud, de imaginación, de drama, de novela e incluso de telenovela. Se puede reconocer en ellos la incompletud o la falta de cierre, la falta de sentido sellado.

Pero si esperamos por el sentido que explique todo, lo más seguro es que antes nuestros cuerpos se pudran. Es decir, aceleramos nuestra muerte (los cerebros comienzan a explotar, la cantidad de información hace mella en los cráneos y la falta de un sentido conector produce ansiedad crónica y enfermedad).

Ahora bien, en términos generales, sí podemos visualizar una caída del poder estadounidense en el mundo. Caída sumamente peligrosa aún, pero caída sin lugar a dudas. Y, mientras el ascenso de las nuevas potencias y de las nuevas formas de la economía política se mueven con paciencia ancestral, lugares marginados como Latinoamérica tienen posibilidad de movimiento: negociar con todo lo que viene a partir de una ganancia invaluable, esto es, grandes dosis irreversibles de autonomía y subjetivación.

Pero las cosas no se ven muy despiertas en el continente. Los ataques a Venezuela y Cuba indican que E.E.U.U. no está dispuesto a que esto ocurra. Pero son esos mismos ataques los que, a su vez, indican que una fuga de autonomía e inteligencia puede ocurrir en el sur. Si la motivación es la expulsión gradual de los capitales orientales, del petróleo como recurso de poder en manos de rusos y chinos, es también la posibilidad de que en las negociaciones entre Latinoamérica y oriente el valor de la autonomía y el desarrollo real de nuestros países aparezca como una moneda de cambio que ante los ojos de occidente es alarmante.

Es quizás el Brasil de Lula el que de alguna manera empuja en este sentido. Lamentablemente se encuentra altamente aislado por las presiones estadounidenses y por la incertidumbre de las elecciones, ahí donde precisamente la voluntad autónoma que se quiere es atacada de manera despiadada por la lógica de las informaciones.

Acá en Chile el progresismo de Boric estuvo lejos de plantearse algo así, absorbido como está por el personalismo diferencial y distinguido que ha hecho de la izquierda una propuesta alternativa para desarrollar el capitalismo tal cual lo conocemos. Ni hablar de Kast, ubicado ahí en la ultraderecha nefasta que apuesta a perdedor no sin antes tratar de destruir todo, como lo dicta el imperio en caída libre.

Se trata quizás, más que saber exactamente qué es lo que sucede en esto que llamamos mundo, de vislumbrar, de algún modo, la posición en la que queremos quedar luego de todo este caos. El punto es que nadie o casi nadie lo está pensando, parecemos todas y todos espectadores de un mundo en estado decisivo cuya forma predilecta es el streaming. Eso: el acontecimiento es, hoy, streaming.

Pero nada está dicho todavía.