- Drácula (2025), la última película de Radu Jude, comienza con un epígrafe de lujo: “oh gentil lector, encontrarías un cuento en todo”. Luego vemos a Jude lanzarse a una crítica implacable contra todo, describiendo sin ninguna mediación, desde Rumania al mundo, cómo la decadencia del mercado – es decir, la decadencia de Occidente – sale por los poros de la tierra, de los cuerpos, como sangre fresca de mordedura de vampiro. Sangre que, en la actualidad, no es ninguna metáfora (pues jamás la sangre podrá ser una metáfora).

- La ley neoliberal del éxito por el esfuerzo, que en Chile tenemos de vuelta a través de un conjunto de vampiros añejos que se creen innovadores, hoy se resume lamentablemente en el epígrafe del filme, que es una cita de William Wordsworth.
Pues, efectivamente, de todo se puede sacar un cuento. Si esto en alguna época, a la vez reciente y lejana, pudo inspirar a grandes textos de la literatura, para bien de la humanidad, hoy se reduce a un simple método extractivista de vampiros emprendedores que sin ninguna gracia no solo hacen cuento de todo, sino que hacen cuentos de cuentos y de cuentos y de cuentos.
La película de Jude maldice esto último. Y si multiplica los cuentos de vampiros, como un gran poeta, como un gran literato, no puede superar su propio hastío y su propio asco, reconociendo que todo cuento está enfermo, casi podrido, manchado de sangre, pues la magia de contar y crear cuentos ha sido maldecida hasta la médula.
3.La película es una parodia a la IA, esa máquina incapaz de crear cuentos a pesar de que esa sea su principal vocación. No es extraño que maestros del plagio amen al posthumanismo y encuentren en la IA la más eficaz de todas las venganzas contra aquellos y aquellas que algún día osaron no ser mediocres. Para Jude, la IA es también cuestión de vampiros. Y es que en este mundo plagado de cuentos, de cuenteros oficiales y no oficiales, de emperadores y condes de pequeña monta con gran elocuencia narrativa y cuya imaginación solo figura dinero y cadáveres, es porque, fuera de toda ironía, el modelo económico es el descaro. Con ello, todo modelo: político, artístico, estético, social, laboral, etc. Si Trump miente a rajatabla y si Netanyahu publica falsas imágenes hechas evidentemente por IA, es para que el descaro conquiste a la audiencia.
Pero la televisión, la prensa, los medios de comunicación tradicionales, ya lo venían haciendo. El punto es que la IA es el paroxismo, el descaro del descaro. Descaro total.
Nuevamente sin ironía, la IA genera un modelo político-económico y lo piensa en múltiples dimensiones, como algo íntegro. Las formas del poder político (occidental) son consecuencia inmediata del desarrollo de una idea totalizante de la IA y por la IA. Metafísica pura, al viejo estilo, cuya novedad es dejar de gobernar a través de la autoridad divina o intelectual para hacerlo a través de una operatividad concreta, la tecnología.
- En uno de los tantos cuentos de la película, Radu Jude se burla de su propia representación. Se burla de sí por haber utilizado la figura gastada del vampiro. Además, decide terminar el filme con lo que llama una historia real, la de un padre que debe ver desde la calle, a través de las rejas, la ceremonia escolar donde participa su hija. Todo porque viste de obrero.
El problema sigue siendo la clase. Los privilegiados abandonan la humanidad – y la masacran – para hacerse postranshumanos. Y como una lata que se tira a la basura, los restantes pueden por fin ser humanos.
- Si se fijan, muchas películas actuales de conflictos sociales (Sinners, 40 acres o incluso Una batalla tras otra) tienen por representantes dignos de la humanidad a latinos, afroamericanos, mujeres, adolescentes, nativos, entre muchos otros/as. Esto apunta, en primera instancia, a una rebelión contra el supremacismo blanco patriarcal (¿les suena?) aunque, más que a eso, a una tentativa real de pensar, por fin, verdaderos representantes de la humanidad.
Pero este evento representativo ha sido posible porque la humanidad ya no importa. Lo que vemos es el relevo, el paso o la entrega de la humanidad —a través del cine, es decir, a través de una institución poderosa de la representación— a quienes siempre en la modernidad no fueron parte de ella. Este gesto, celebrado un poco a la rápida y de manera muy woke, es también el intento o el comienzo de abandono, por parte de una nueva clase, de su condición humana. Y este paso está siendo de una violencia extrema e impensada.
Ahora creen ser ángeles.



